martes, 7 de noviembre de 2017

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Eras tú, jodido tú, vestido de sinceridad y años de más.



Unos tres justamente.
Eras tú, después de tantos años apostando por tu baraja de cartas, española,
jugando a ciegas al póker, arriesgándolo todo.

La suerte del principiante,
o, mejor dicho: la suerte del perdedor.
Porque, aunque parezca que lo haya perdido todo,
era mi suerte la que, en verdad, estaba en juego.

Pero he de decir,
he de rectificar con palabras cortas y sinceras.
Que, aunque no lo sepas, o sí y no me doy cuenta,
te echo de menos.

Y soy jodidamente estúpida.
¿Cómo se puede extrañar a un ser que ya no te late tanto como al principio?

Por ti, más que por mí, dejé el listón demasiado alto.
A ver quién es el susodicho capaz de entrar.
Porque cualquiera está claro que no.

Y entonces billones de ‘peros’ galopan en mi mente,
masacran a mi cerebro y deciden asediarme.
¿Dónde se hallan los ‘sin embargos’?
Empiezo a deplorarlos.
Porque gracias a ellos, te colocaba en una fina línea que colgaba de un péndulo,
y lanzaba dardos en los pros y contras.

Recordando, una vez más, a las doce de la noche, cual Cenicienta, que eras tú.
Posiblemente.
Pero más que nada era por mí. Por mí y unas mil veces más.
Acabé desterrándote de mi corazón,
aunque no me sientas,
aunque te dieras por vencido,
aunque no lo supieras,
aunque te hagas, en presente, el sordo.

Era por mí.
Porque yo no quería tenerte.
A mi corazón lo tuve que cuidar yo.
Y aún… le quedan secuelas de ti.

Ya sabes la historia.
Pisaste, has pisado, pisas y pisarás demasiado fuerte en mí.
En cada una de mis cicatrices,
en esta bomba de latir,
en mis curvas,
en mi mente asediada.

Era por mí.
Por mi manía de huir cuando nada se me da bien.
Por mis inquietudes.
Por ser realista.


PD: no te he superado, para qué mentirnos.
Ya que cuento la verdad, la voy a decir bien clara.



Es un autoengaño.
Porque no te he dejado la ventana entreabierta para que decidas pasar.
Porque ya te la dejé en su tiempo y…
ambos decidimos sellarla con cemento.

No es tu culpa.
Puede que sí, puede que no.
No es la mía.
Tal vez, o tal vez no.

Neruda es capaz de escribir los versos más tristes,
a mí me sangra el corazón cada vez que te escribo.
Porque como bien he dicho, aún está enfermo de ti.

Que no era por ti,
sino por él.
Porque hemos perdido apostándolo todo.
Así que, que no vengan la muchedumbre a decirnos al oído:
<<Quien no arriesga no gana>>.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Cenicienta moderna



Calzaba casi un cuarenta, número rozando la cifra ‘no normal’ en una mujer. Asistió a una fiesta en honor a un joven desconocido del que estaba enamorada. Él recién había cumplido la mayoría de edad y le ofreció bailar la canción Retrato de un amor posible agarrados. Sabían perfectamente que les estaban mirando aquellos curiosos, las malas lenguas, que sentían envidian de su perfecto Vals.
Y antes de que dieran las doce, se encerraron en una habitación. El príncipe deslizaba sus manos por debajo de sus senos en busca de sus caderas, mientras la chiquilla lo miraba ruborizada.
Al introducir las manos debajo de su ropa interior, masajeó su miembro viril y ella imploró más. Para a las doce ella había llegado a unos cuantos orgasmos. Pero, en el minuto exacto, se colocó el vestido negro y corrió por las escaleras.
-¿Dónde vas? –le preguntó siguiéndola-.
-Llego tarde.
-¡Espera!
Era demasiado tarde. El horizonte parecía que la hubiese engullido. En el escalón de abajo, había un precioso zapato solitario de color rojo. Su Cenicienta.